Regresé caminando del pueblo con unas cuantas compras. Todo el mundo me advirtió que me iba a mojar. Todos querían llevarme a la casa, pero yo quería caminar sí o sí. Así que llegué a Casa Robin completamente empapada… y feliz.
Por el camino me llegaron unos videos preciosos desde los Países Bajos, con niños deslizándose en la nieve. Un contraste perfecto.
Y la verdad: la lluvia no me molesta cuando voy de regreso a casa. Allí me esperan el café caliente, la ducha tibia y ese paisaje de montaña que lo cura todo.