Hoy nos lo tomamos con calma. No porque estuviéramos en modo zen (aunque el aire colombiano sí ayuda), sino porque el calor nos pidió, amable pero firme, que bajáramos el ritmo. El sol salió temprano brillando como si quisiera ganarse un papel protagónico, así que nosotros obedecimos.
En la mañana compramos los tiquetes para la buseta/chiva. Vamos de regreso, pero esta vez por la trocha, porque la ida tampoco fue una maravilla. Así que mejor prepararnos para un poquito de incomodidad, pero al menos sin tanta velocidad.
El almuerzo fue simple y perfecto: pizza. A veces la vida no necesita complicarse para saber deliciosa. Después salimos a caminar con Leidy, Gael y la mamá de Leidy: tres generaciones caminando juntas, conversando y riéndose. En el camino nos tomamos algo con unos familiares de Leidy en “Face 1943”, un mini‑reencuentro espontáneo como solo aquí puede pasar. Luego nos despedimos, con esa mezcla de cariño y nostalgia que siempre aparece cuando uno vive tan lejos y no sabe cuándo se volverá a ver.
Más tarde, Rick y yo salimos rumbo al Santuario de la Roca Roja. Y qué lugar tan impresionante sigue siendo. Es como si la naturaleza ahí quisiera mostrar todo lo que es capaz de hacer. Otra vez rodeados de un montón de Roca Roja, los machos, claro, porque las hembras siguen comportándose como criaturas míticas que solo existen en cuentos y guías de aves. Ya tengo una colección entera de fotos de esos señores orgullosos y coloridos, pero ni rastro de una dama. Tal vez son más listas y se quedan tranquilitas en la sombra.
Aun así, fue mágico: el silencio, la luz, los pájaros brillando contra el verde. Un cierre perfecto para un día caluroso lleno de encuentros pequeños y belleza grande.
Y la nota final: Al último momento, la encargada del santuario me señaló una hembra. La vi apenas un instante. No alcancé a tomar foto, pero por fin la vi. Son tan esquivas porque pasan mucho tiempo cuidando a las crías, así que casi no se acercan a la gente.