Después de casi 20.000 pasos por Jardín, mis pies exigen que esto quede oficialmente registrado en este blog. El ambiente estaba perfecto, la noche suave, y yo me sentía como una cabra andina en plena forma.
Hasta que… la ingeniería vial colombiana decidió aportar su toque artístico. Un pedacito de asfalto pensó: “Hoy voy a hacer freestyle.” Y ahí fui yo: una mezcla inesperada de tropezón, torcedura y un medio paso de baile que normalmente solo hago cuando hay música y nadie me está mirando.
Resultado: – Tobillo torcido, pero sin dolor duradero. – Rodilla y manos un poquito raspadas. – Ego ligeramente magullado. – Pero… gafas y celular intactos (las prioridades son las prioridades).
Por suerte, casi nada de daño, y siendo sincera: pudo haber sido mucho peor. Me levanté, me sacudí, Rick, medio asustada, me ayudó a ponerme de pie, y seguí caminando como si todo hubiera hecho parte de la coreografía.
Después recogimos a Leidy, Marino y Gael en el café donde Marino había terminado de trabajar, y nos fuimos a tomar algo en el Parque Bolívar. Porque si caminas casi 20.000 pasos y haces una mini‑acrobacia involuntaria, ese tintico te lo ganaste con creces.