La Tarántula y Yo: Un Encuentro en el Camino
Hay momentos en Colombia en los que uno piensa que ya empieza a entender un poco cómo funciona la vida aquí. Conoces las lomas, los perros, las gallinas, las motos, las curvas inesperadas… y de repente aparece algo caminando por la carretera que te desbarata todo el panorama.
Iba en la moto, en mi propio ritmo, cuando vi que algo se movía. Algo grande. Algo oscuro. Algo que, en mi primera impresión, parecía una especie de langosta… o quizá un ratón exageradamente seguro de sí mismo. Así que frené. Porque sí, la curiosidad casi siempre le gana al sentido común.
Pero cuando me acerqué, lo vi claro: una tarántula. Ni siquiera sabía que aquí había. Nunca había visto una por aquí, tan cerca de Casa Robin. Y no era cualquiera. Era un señor tarántula: grande, peludo, de patas largas, claramente con rumbo fijo. Probablemente buscando una hembra, porque resulta que justo en esta época los machos salen de su madriguera y recorren kilómetros sobre sus ocho elegantes zancadas.
Me pegué un susto tremendo. Mi cerebro hizo una especie de cortocircuito entre “wow, qué increíble” y “¡salga de ahí ya!”. Así que aceleré y seguí, con el corazón en la garganta y la adrenalina hasta en los calcetines. Y por supuesto, sin foto. Del susto ni me acordé.
Después leí que los machos se ven distintos a las hembras: más delgados, patas más largas, casi con un aire de bastón elegante. Las hembras suelen quedarse en casa, más robustas y menos aventureras. Pero los caballeros… ellos sí salen, valientes y decididos, en busca del amor. Y a veces cruzan la carretera como si tuvieran derecho a prioridad.
Le deseo suerte en su misión romántica. Pero ojalá mire bien antes de cruzar. Ya casi estaba al otro lado, porque con el tráfico de por aquí seguro que más de uno termina atropellado en su búsqueda después del atardecer.
La foto no es mía, la saqué de internet.