Llegar a Jardín: un viajecito que no se olvida jamás

Gepubliceerd op 26 december 2025 om 21:23

Llegamos vivos. Solo eso ya se siente como un pequeño milagro navideño. Qué viaje tan bravo, y no del tipo del que uno después habla románticamente con una chocolatada en la mano. No. Esto fue de la categoría: “¿y a este señor quién le dio la licencia?”

Para empezar, salimos con tres personas más de las que había sillas. Un niño en las piernas, dos sentados en el piso de la busetica. Más tarde subió otro pasajero y terminó medio sentado en las piernas del copiloto. Todo muy… creativo.

Nuestro conductor tenía una sola misión: dejarnos en Jardín lo más rápido posible. Y lo logró… pero mejor no preguntar cómo. Cómodo no fue, seguro menos. Parecía que estuviera haciendo casting para Rápido y Furioso: Edición Antioquia. Las curvas no las tomaba: las atacaba. Frenar era opcional. Y adelantar lo hacía en lugares donde hasta los pájaros se quedaban mudos del susto. Que no hayamos atropellado una moto es un milagro certificado.

Cuando por fin nos bajamos, lo único que sentimos fue alivio. Darle propina al conductor nos pareció un paso demasiado grande. En vez de eso, dejamos el cambio en la iglesia, como una especie de agradecimiento espiritual por haber sobrevivido. Si algún ángel de la guarda venía montado con nosotros, ya tiene su velita prendida.

Y entonces, como si todo estuviera escrito así, apareció Jardín. Verde, tranquilo, hermoso. Como si el pueblo susurrara: “Llegaron. Pasen, respiren.”

Eso hicimos. Una respiración profunda. Y una certeza absoluta: esta llegada no se nos borra nunca.