Hoy Rick y yo empezamos el día con una buena caminata hacia el pueblo. Una hora a pie: lo justo para sentir que hiciste algo, pero no tan larga como para pensar: ¿para qué empezamos esto?
Y luego… esa última subida hacia el parque del pueblo. Mi eterna enemiga. Cada vez pienso: “Hoy sí la subo fácil.” Y cada vez responde la subida: “Qué ternura.” Pero bueno, llegué arriba. No pudo conmigo.
En el parque había un ambiente animado, porque es día de mercado para los locales. Se siente que el pueblo está vivo: gente saludándose, bolsas llenas de verduras, niños corriendo por todas partes y ese murmullo tan colombiano que te alegra el alma. Ese tipo de bullicio que te hace sonreír.
Entre los puestos encontré un collar precioso de chaquiras, hecho por un indígena. De esos que te obligan a detenerte un momento. Por supuesto, se vino conmigo.
El clima también ayudó hoy. Medio nublado, perfecto para caminar sin derretirse ni salir volando. Un día de esos en los que todo encaja.