Esta tarde, justo antes de que el sol se escondiera detrás de las montañas y la terraza se bañara lentamente en oro, pasé en la moto por el nido de los carpinteros que a comienzos de la semana fue saqueado tan bruscamente por los tucanes. Un pequeño drama del bosque.
Y sí, ahí estaba de nuevo. El carpinterito. Como si estuviera cumpliendo un turno de trabajo. Tic-tic-tic, imperturbable, como si pensara: “Ustedes podrán robar un nido, pero yo tengo herramientas que ustedes no tienen.”
Trabajaba con una especie de elegancia terca. Sin prisa, sin desesperación, pero con propósito. Cada golpe era una declaración. Cada astilla, un nuevo comienzo. Los tucanes podrán robarse el show con sus colores y su bravura, pero este pequeño maestro gana por pura perseverancia.
Me quedé un rato observándolo, mientras el cielo se volvía rosado y los primeros sonidos nocturnos subían desde el valle. Fue uno de esos momentos en los que sientes que la naturaleza simplemente sigue, sin importar cuán grande o pequeño sea el golpe. Y que la resiliencia a veces suena como un tok-tok-tok rítmico contra un tronco.
Las fotos que tomé muestran exactamente eso: un carpinterito que no se rinde. Un pequeño héroe con un gran plan.