lgunas mañanas empiezan tranquilas. Esta no. Eso sí: nos sorprendió el cactus, que hoy amaneció con dos flores. Increíble cómo la naturaleza puede hacer algo tan perfecto, tan blanco, tan delicado.
Hoy arrancamos como en una mini‑expedición, de esas que te hacen pensar que estás metida en un capítulo de Reizen Waes versión cafetera.
Salimos en la jeep rumbo a Guática, brincando por la carretera como si la hubieran diseñado para despertarle a uno todas las vértebras. Luego nos pasamos a un tuktuk hacia El Tigre, un viajecito que se siente como ir en un carrito de juguete, pero con vistas a montañas verdes y caminos que se enroscan como serpientes.
En El Tigre la buseta para La Ceiba ya venía llegando. Entonces a correr. Nada de enredos, nada de esperas: subirse y arrancar. Y como si el universo hoy estuviera de nuestro lado, allá pudimos seguir de una vez en la otra buseta hacia Riosucio. El conductor de la primera incluso le avisó al otro para que nos esperara un momentico. Todo salió tan suave que casi se nos olvida que estamos en Colombia, donde el tiempo a veces es más sugerencia que compromiso.
Y ahora… aquí estamos, con un cappuccino humeante al frente. Aterrizando, respirando, disfrutando. La idea del lugar donde vamos a quedarnos esta noche se siente como una cobijita caliente: un apartamento delicioso, con dos baños y lavadora. Un lujo total, y la señora Claudia, que lo administra, más querida imposible.
Días de viaje como este son oro. No porque pasen cosas espectaculares, sino porque todo encaja: los trayectos, la gente, los pequeños momentos de alegría. Y porque en el camino una vuelve a pensar: qué dicha estar aquí.